martes, 12 de abril de 2016

Ender



      Eso es la Tierra -pensó-. No un globo de miles de kilómetros, sino un bosque con un lago brillante, una casa escondida en la cresta de la colina, rodeada de árboles, una ladera cubierta de hierba que subía desde el agua, peces saltando y pájaros cayendo en picado para atrapar los insectos que vivían en la frontera entre el agua y el cielo. La Tierra era el ruido constante de grillos y vientos y pájaros. Y la voz de una chica, que le hablaba de su infancia lejana. La misma voz que una vez le protegió del terror. La misma voz por la que que haría cualquier cosa para que siguiera viviendo, incluso regresar a la escuela, incluso dejar la Tierra de nuevo otros cuatro, cuarenta o cuatro mil años. Aunque quisiera más a Peter.

    Tenía los ojos cerrados, y no había emitido ningún sonido excepto el de su respiración; sin embargo, Graff extendió la mano por él y le tocó la suya.
Orson Scott Card: El juego de Ender.
Traducción de José María Rodelgo y Antonio Sánchez
Nova, Barcelona, 2011, pág 276